Un volcán llamado Toba (MUY INTERESANTE)

Un volcán llamado Toba

Hace unos 75.000 años, en lo que hoy es el lago Toba, en la selva de Sumatra (Indonesia), un volcán entró en erupción. Pero no fue una erupción cualquiera: se calcula que la erupción del Toba fue cien veces más poderosa que la del Tambora en 1815, que es la más fuerte registrada en tiempos históricos y que mató a más de setenta mil personas.

Volcan


A los volcanes del tipo del Toba se les llama supervolcanes, volcanes que lanzan más de 1.000 kilómetros cúbicos de rocas, lava y cenizas (para que nos hagamos una idea, 1.000 kilómetros cúbicos están formados por un cubo de mil Km de lado, un gran cubo). El Toba emitió 3.000 km cúbicos (En comparación, la erupción del volcán Pinatubo en la década de 1990, ha emitido sólo 10 kilómetros cúbicos de cenizas).

Lago Toba (Caldera del volcán)

La caldera del volcán mide 30 km de ancho por 100 km de largo. Hoy está llena de agua y se ha convertido en un lago en cuyo centro se encuentra la isla de Samosir.
Pero la explosión no fue el problema:
se estima que el Toba arrojó a la atmósfera alrededor de tres mil kilómetros cúbicos de lava, roca y, sobre todo, cenizas.
Las cenizas se dispersaron en la atmósfera y formaron una nube que bloqueó la luz del sol por casi diez años.
Sin luz del sol las plantas mueren y
los animales que se alimentan de ellas se quedan sin merienda y sin postre,
iniciando un efecto dominó que afecta a toda la cadena alimenticia: mueren las plantas, mueren los herbívoros, mueren los que comen herbívoros y los que comen a los que comen herbívoros.
Un homo llamado sapiens.

Hace 150.000 años emigraron de África los grupos de homo sapiens en los que se encontraba la Eva genética o Eva mitocondrial (de cuyo ADN proviene nuestra estirpe) y, por tanto, de los que descendemos los 7.000 millones de humanos actuales según demuestran los estudios fósiles y genéticos.
Su objetivo: comer (salieron de África a)siguiendo los rebaños de los que se alimentaban y buscando otros nuevos, b) siguieron las costas de Yemen hacia la India, etc., mariscando.
Su destino: el mundo.
A pique de un repique

Eva mitocondrial

La explosión del Toba sucedió cuando nuestra especie estaba en la mitad de su desarrollo y allí mismo estuvo a punto de extinguirse, ya que la hambruna afectó a más del 75 por ciento de las especies, incluida la humana: se estima que por ese entonces la población de seres humanos disminuyó a tan sólo unos pocos miles.
En pocas palabras: una erupción volcánica empujó a nuestra especie al borde de la extinción.
El Homo sapiens sufrió una gran contracción de su número. Fue un cuello de botella brutal. Las estimaciones de las personas que quedaron vivas es muy difícil; algunos autores, basándose en la diversidad genética de nuestra especie, hablan de que tan solo quedaron entre 40 y 600 hembras reproductoras, lo que sitúa en una población de tan solo 3 000 personas. Otros son más optimistas y estiman entre 500 y 3 000 mujeres en edad reproductora. Y, por fin, los más optimistas piensan en un mínimo de 10 000 mujeres en edad reproductiva.
Incluso en la estimación más optimista, toda la humanidad quedó reducida a una cantidad ridícula. Estuvimos a punto de desaparecer y, aunque nadie lo ha demostrado hasta ahora, el cuello de botella coincide muy bien con el «invierno nuclear» que cabría esperar de la erupción del volcán Toba. La explosión produjo mil años de frío, que se conocen por el nombre de «Edad de Hielo Milenaria».

Seísmos=placas.

Erre que erre
Setenta y tantos mil años después fuimos testigos de un fuerte terremoto en Haití. Y algunas semanas después, un terremoto más intenso golpea el sur de Chile. Y la historia se repite en Turquía y en Japón. Y el volcán de difícil escritura de Irlanda. Y el último y más fuerte terremoto de Japón y el maremoto terrible subsiguiente.
Y no falta que digamos alarmados que nunca antes habían ocurrido tantos terremotos, ignorando que hace tan sólo doscientos años no había internet ni satélites de telecomunicaciones (ni siquiera telégrafos) y de un terremoto en el extremo sur del continente no nos habríamos enterado en meses. Y aún eso es dudoso: en ese entonces áreas muy grandes del globo estaban deshabitadas y catástrofes tan grandes podían ocurrir sin que nadie se diera cuenta.
Hace tan sólo ciento dos años el fenómeno de Tugunska (terrible explosión producida, al parecer, por la caída de un cometa), que en un área poblada hubiese causado cientos de miles de víctimas, pasó relativamente desapercibido por la sola razón de haber ocurrido en la Siberia poco habitada.

Volcán Etna

Vesubio

Pero eso no es todo: después de asumir que nunca antes en la historia habían ocurrido tantas catástrofes naturales (los dinosaurios no saben/no contestan), pasamos a la auténtica estupidez:
buscar culpables (¡son los malvados gobiernos ensayando sus armas secretas!) o
proyectar nuestra propia ignorancia haciendo valer nuestros prejuicios:
la naturaleza nos está diciendo que dejemos de comer hamburguesas y que
debemos elevar nuestra conciencia ( vaya usted a saber lo que eso significa).
Pero, ¡hombre!, nuestros antepasados la pasaron muy mal cuando hizo erupción el Toba y, por lo que sabemos, no usaban bolsas de plástico cuando iban al supermercado. Y las catástrofes continuaron ocurriendo por milenios hasta el día de hoy. ¿Será que somos algo lentos aprendiendo y no entendemos lo que la Tierra nos ha querido decir? ¿O más bien es que nuestro planeta necesita mejorar sus habilidades de comunicación?
No, no es nada de eso. Es cuestión de adquirir un poco de perspectiva. Veamos:
Gira, gira

Interior Tierra
Vivimos sobre unas gigantescas placas de roca que flotan a la deriva sobre un mar de minerales fundidos (la Tierra). Esas placas se amontonan entre si y chocan unas contra otras con una fuerza espectacular produciendo terremotos. En ocasiones, la roca fundida sobre la que flotan aflora violentamente hacia la superficie en forma de volcanes.
Encima de esas placas hay enormes cantidades de gases y agua interactuando en formas poco predecibles y desencadenando cantidades enormes de energía en forma de viento, tormentas y relámpagos. Las cosas, en fin, propias de una atmósfera que se precie.
Todo eso ocurre en un esferoide que:
gira a la velocidad increíble de 1.600 kilómetros por hora sobre su propio eje a la altura del ecuador.
y, por si fuera poco, también gira velozmente (nada menos que a 107.000 kilómetros por hora) alrededor de un reactor de fusión nuclear, al que llamamos sol, millones de veces más grande que él.
Y formamos parte de un sistema solar que gira a la nada despreciable velocidad de 901.000 kilómetros por hora en torno al centro de nuestra galaxia,
que gira en torno a otras galaxias
que se mueven en un universo en expansión
¡De vértigo!
Y en el mismo sistema solar hay montones de cosas que pueden (y eventualmente lo harán) hacer colisión con nuestro planeta.
Y un poco más lejos: agujeros negros supermasivos, estrellas que estallan arrojando mortales rayos gamma y muchas otras cosas que no conocemos, que ni siquiera podemos imaginar, y que pueden echarnos a perder el fin de semana de mil maneras espectaculares.
Llevamos tan poco tiempo en este planeta que se nos hace difícil comprender que hay una larga lista de catástrofes que pueden ocurrir (y que tarde o temprano lo harán).
Si todos los años hay terremotos, amigos, siempre habrá algún año con un mayor número de estos. Si el número de personas que vivimos en el planeta somos ahora seis veces más que hace doscientos años, ahora es más probable que un desastre natural golpee un lugar densamente poblado. Simplemente hay mayor densidad de población.
Si ahora disponemos de Internet y canales de noticias por satélite, nos vamos a enterar de cualquier catástrofe que ocurra en el mundo en el momento en que suceda. No es que haya más catástrofes, es que nos enteramos de todas. Por algo vivimos en la era de la información.
Estemos o no por aquí,
las placas tectónicas seguirán acomodándose y reacomodándose.
los volcanes seguirán haciendo erupción.
el planeta seguirá enfriándose y calentándose.
las rocas del espacio , si prefieren meteoritos, seguirán estrellándose con nuestro planeta.
Todo eso ha ocurrido desde mucho antes de que apareciéramos como especie, seguirá ocurriendo cuando hayamos desaparecido, y continuará ocurriendo mientras el planeta esté vivo.
Un día al sol se le acabará su combustible nuclear, se convertirá en una gigante roja y engullirá a la Tierra. Entonces ya no habrá terremotos.
Ni volcanes.
Ni Tierra.
Pero, no se preocupen, señores agoreros, que esto no será mañana.
Para que el sol destruya la Tierra se calcula que aún quedan 1.500 millones de años… si nosotros no la destruimos antes.
Y eso nada tiene que ver con nuestra conciencia, nuestras vibraciones ni nuestro karma. De hecho, creo que es ridículamente arrogante creer que todas las fuerzas de la naturaleza tienen como propósito enviarnos mensajes ambiguos. Pero quiénes somos nosotros. A quiénes enviaba la naturaleza esos mensajes antes de que nosotros existiésemos. Debemos aprender que la naturaleza no se mueve por propósitos. Los hechos naturales simplemente suceden.

Fuentes:
http://blogs.diariodeavisos.com/

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