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Érase una vez una propiedad agrícola y ganadera, la cual estaba flanqueada por dos ríos y un gran bosque, muy lejos de Esperanza, la capital de un país remoto, del mismo nombre. Los pastos y la tierra de labor comenzaban donde terminaba el bosque y había que recorrer cientos de kilómetros, antes de llegar al mar, de modo que la extensión total de la finca era de muchos miles de hectáreas. La franja costera estaba delimitada por las desembocaduras de los dos mencionados ríos y cerraba el perímetro de un imaginario rectángulo. Además de los dos grandes estuarios, la larga línea de la costa gozaba de una gran variedad de accidentes geográficos, inaccesibles y rocosos cabos, pequeñas ensenadas de fina arena y agresivos acantilados.

Aunque, en los últimos tiempos, como consecuencia de la pobreza y de las guerras existentes en otros países menos distantes, había sido cada vez mayor el número de náufragos que aterrizaban, exhaustos, en sus tranquilas y hermosas playas, después de haber superado grandes peligros. No era exagerado decir que eran hombres, mujeres y niños que habían escapado de la muerte.

La finca era propiedad de un misterioso y joven matrimonio, llegado no se sabía de dónde. Algunos decían que, muy probablemente, habría caído del cielo. No tenían hijos e iban siempre vestidos de la misma manera, aunque se cambiaran de ropa diariamente. Para poder montar a caballo, llevaban unos pantalones sin costuras en las piernas, botas de cuero, camisa de manga corta y chaleco con bolsillos. También eran iguales los sombreros de paja que se ponían para protegerse del sol, pues reinaba un clima caluroso, a lo largo de todo el año. Se preocupaban por sus empleados, eran afables y atentos con ellos, respetaban sus credos, sin atreverse a juzgar sus convicciones políticas. Los más antiguos del lugar sabían que, entre las asombrosas cualidades de los dueños, destacaba la de reconocer a aquellos trabajadores corruptos. Quienes incurrían en la desleal y vergonzosa práctica de la corrupción eran desposeídos de todos sus bienes, expulsados de los límites de la propiedad y condenados al exilio.

A medida que transcurría el tiempo, era cada vez mayor el número de náufragos que alcanzaban milagrosamente las playas e imploraban que se les diera trabajo. Lo cual hizo que se incrementara de tal manera el número de personas que vivían y trabajaban en la finca, que los dueños tuvieron que dar instrucciones para que se construyesen nuevas edificaciones que sirvieran de albergue. De igual manera, fue necesario ampliar el dispensario y la escuela de los niños, de la que se encargaba una maestra cuarentona, la cual tenía cara de ángel y se llamaba María.

Gracias a la gigantesca extensión de la finca, se pudieron habilitar nuevas áreas de cultivo y se aumentó la superficie destinada para el ganado, de modo que todo el mundo tuviera su puesto de trabajo. Pero, toda vez que los que pedían refugio seguían llegando, las condiciones de vida de la gente no eran las deseables, a pesar de las constantes inversiones en infraestructuras, vivienda, sanidad y educación que hacían los hospitalarios dueños del latifundio. Se hacía necesario afrontar y dar solución a un problema de enorme envergadura.

Una noche, la esposa le dijo a su marido que, María, la maestra, le había expuesto, con profunda preocupación, que no bastaba enseñar el idioma a los niños y darles educación, sino que era preciso hacer lo mismo con un elevado número de padres y otras personas. Que no todo el mundo tenía las mismas aptitudes, por lo que era necesario orientar y estimular la vocación de cada uno, mediante el otorgamiento de las oportunas enseñanzas. Por tal razón, hacían falta centros de enseñanza para carreras y oficios, con sus respectivos profesores.

-¡Me siento impotente, esposo mío! ¡No sé cómo podemos abordar el problema que se nos ha presentado! -exclamó, la mujer, agobiada por la enorme responsabilidad que sentía sobre sus espaldas.

-¡Te comprendo, amor mío! Pero, no debes angustiarte. Hasta ahora, hemos ido solventado la situación. Me consta que ha llegado el momento de afrontar el problema desde su raíz y tener la valentía de poner en práctica acciones que conduzcan a la solución definitiva.

-¡No estarás pensando en colocar alambradas a todo lo largo de nuestro litoral! ¡Ni expulsar de los límites de nuestra propiedad a cuantos vayan llegando! -exclamó, aterrada, la señora.

-¡Mujer! ¿Realmente crees que yo sea capaz de albergar semejantes intenciones? Como muy bien has dicho, compartimos, a partes iguales, la propiedad de la finca. Por lo tanto, debemos estar de acuerdo en la solución que le demos al problema que se nos ha planteado.

-No debemos acostarnos, sin haber analizado las alternativas que podamos ofrecer a quienes habitan entre nosotros, en condiciones cada vez más precarias -dijo, la esposa, con el ánimo de apremiar a su marido.

Someteré a tu consideración el plan en el que he estado pensando y, en caso de que merezca tu aprobación, lo pondremos en marcha, inmediatamente -dijo, quien era el dueño de la mitad de la hacienda.

Antes, no obstante, quiso poner en conocimiento de su esposa que, en las últimas semanas, había hablado con el mayor número posible de personas que se habían refugiado en la finca. Todas, sin excepción, coincidían en decir que habían encontrado en la hacienda la paz y la libertad que les habían negado en sus propios países de origen y que habían recuperado la dignidad debida a todo ser humano; razón por la cual, estarían eternamente agradecidos a quienes les habían ofrecido trabajo y hospitalidad. Sin embargo, muchos coincidían en hacer ver al marido que había una gran diversidad de razas, culturas y niveles de formación, entre las gentes llegadas al hato, en los últimos tiempos. Decían que no todos eran ignorantes y que había médicos, abogados, profesores e ingenieros; así como jóvenes salidos de distintas universidades y centros de formación profesional, junto con hombres y mujeres que habían tenido sus propias actividades y que habían sido propietarios de tiendas y comercios, de todo tipo de negocios, en fin. Razón por la cual, agradecían el trabajo que se les había dado pero que cabía contemplar la posibilidad de que pudieran recuperar el ejercicio de sus profesiones liberales y la iniciativa privada.

-¡Tienen toda la razón del mundo! -exclamó, la señora, interrumpiendo la exposición de su marido- ¿Has pensado en alguna solución? -preguntó, con gran impaciencia.

-¡Creo que sí, mi alma! Precisamente, es lo que quería proponerte, desde hace algunos días -respondió, el esposo-. Toda vez que tenemos la fortuna de disponer de grandes riquezas y de tierras y bosques en demasía, yo pienso que nuestra condición humana nos obliga a ser solidarios con hombres, mujeres y niños que han caído en el infortunio a causa de las guerras que gobernantes cobardes están llevando a cabo, instigados por intereses bastardos.

-¡Por favor! ¡Dime en lo que has pensado! -volvió a interrumpir, la dama.

-Creo que sería suficiente partir la finca por la mitad, quedarnos nosotros con una parte y regalar la otra a los refugiados para que establezcan un Estado nuevo, en el que puedan convivir y desarrollarse en la paz que les fue robada. Dispondrán de una inmensa superficie dotada de bosques, un río y una extensa franja costera. El dinero que otros invierten en la guerra, lo prestaremos nosotros para quienes quieran construirse una casa y poner en marcha nuevos proyectos de negocio.

-¡Me parece una brillantísima idea, marido mío! ¡Te quiero tanto! -exclamó, la esposa, llena de entusiasmo- ¿Cuándo la ponemos en práctica?

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