Marcos Rodríguez Pantoja es un niño atrapado en un enjuto y fibroso cuerpo de un hombre de 64 años. Un chiquillo travieso y burlón de ojos pícaros que cobra una pensión no contributiva y que tras una vida escrita a base de golpes, traiciones, engaños y explotación goza de una más que merecida, al tiempo que efímera y muy peligrosa, fama. O autoestima, como dice su amigo y protector Manuel Barandela. Y es que en el pueblo ourensano de Rante (San Cibrao das Viñas) Marcos ha dejado de ser el andaluz de gracejo risueño que se come las palabras y al que todos recuerdan camino del bar con su entrañable «¡Quillo, invítame a argo!» a ser el popular vecino que protagoniza una de las películas de la temporada (Entrelobos, de Gerardo Olivares) y al que todos consideran como algo suyo al ver confirmado en el cine y en los medios de comunicación aquello que siempre les causó desconfianza e incredulidad: su infancia como niño lobo en Sierra Morena.

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En el bar O?Campo, donde es un habitual, uno de los clientes ejemplifica el sentir del medio centenar de parroquianos de Rante: «A cousa era difícil de crer, pero hai que ver as que pasou este home e a mala vida que lle deron».

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A Marcos Rodríguez Pantoja (Añora, Córdoba, 1946) lo criaron a base de palos. Tras las palizas recibidas en el seno de la familia su padre lo vendió a los 6 años y el niño fue llevado al Valle del Silencio, profético nombre, para trabajar cuidando el ganado junto a un viejo cabrero. Este, medio ciego, lo acoge y le enseña lo poco que sabe y antes de un año Marcos se queda solo en la sierra tras la muerte del anciano. De los 7 a los 19 años Marcos Rodríguez Pantoja vive aislado y los animales de Sierra Morena se convierten en su familia. Los lobos lo adoptaron, tras quedarse dormido en la cueva jugando con los lobeznos y pasar la prueba de fuego en la que la loba se encaró con él, que acurrucado en el fondo del cubil acabó comiendo la carne cruda del ciervo que había traído para comer el jefe de la manada. Cuando el pequeño salvaje sintió que la loba le lamía la cara supo que su vida estaba a salvo. Marcos Rodríguez Pantoja fue feliz en plena Sierra Morena, –«yo era el rey de la sierra»-, y lloró amargamente cuando lo capturó la Guardia Civil para devolverlo a la civilización tras ser descubierto por un guardabosques. Su historia como niño lobo en Sierra Morena es el argumento que cautivó a Gerardo Olivares, que tuvo que contratar a un detective para localizarlo, y lo plasma en la película Entrelobos.

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En casa de su auténtico amigo, tutor y protector, Manuel Barandela, que le ofreció venirse a trabajar a Ourense cuando lo conoció vagando por Fuengirola -y desde hace 14 años son inseparables-, Marcos Rodríguez Pantoja desconfía de los desconocidos y solo se arranca a hablar cuando ve que Barandela está tranquilo y relajado, como si esa percepción fuera la garantía de que no hay peligro inminente: «Si te cuento mi vida empiezo y no paro, pero ya se sabe todo por la película». Sobre su infancia recuerda que iba de paliza en paliza; tras la muerte de su madre, su padre se va a vivir con otra mujer: «Y la madrastra me mandaba todos los días a robar bellotas. Tenía que juntar con la taleguilla un saco al día: si me pillaba la Guardia Civil robando las bellotas me arreaba y me las quitaba. Si llegaba a casa sin las bellotas ella me zoscaba otra paliza y me tiraba a la calle para que durmiera fuera. O sea, que cobraba siempre, ya te digo». Y se echa a reír con un sonido contagioso, a medio camino entre la risa y un grito animal: «Me ponían a guardar guarros y yo era muy pequeño y no podía con ellos y se me iban a comer la cebada. Y allá se salía el hijo del dueño, que tenía una correa en remojo en un cubo, y también me daba otra paliza. Por todos los lados me caían palos a mí, no había más que palizas». Con el paso del tiempo perdonó a su padre -«esas cosas se hacían antes»- y equipara su venta con una liberación: «En la sierra estaba muy a gustito y nadie me pegaba -suelta una gran carcajada- y perdoné a mi padre porque no sé si lo hizo por bien, para ahorrarme las palizas, o por mal». En los 12 años que vivió en Sierra Morena se convirtió en uno más de los animales: su mejor amiga era una serpiente a la que crió y le salvó la vida, primero dándole latigazos para que no se refugiara durante una tormenta junto a un alcornoque que un rayo volatilizó segundos después y en otra ocasión guiándola hasta unas hierbas que le curaron de la intoxicación por algo que había comido, y sus enemigos los jabalíes: «Es un bicho amigo cuando lo crías de pequeñito, entonces sí, y con todo eso si estás dormido te muerde y te come porque son unos guarros».

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El caso de Marcos Rodríguez Pantoja se asemeja al de Víctor de Aveyron, el niño encontrado en los bosques de Toulouse, que fue llevado al cine por François Truffaut en El pequeño salvaje (1969), y, como aquel, Marcos empezó su calvario al regresar a la civilización. Cuando lo atraparon y llevaron a Fuencaliente a rapar olió el peligro al ver cómo el barbero cogía la navaja: «Saqué el cuchillo de matar, me eché encima y empecé a bocados con él. La Guardia Civil la emprendió a golpes conmigo, me esposaron y cogieron a un señor de la calle para que le cortaran el pelo y yo lo viera». Le compraron zapatos que tuvo que tirar-«no daba andado porque tenía cuatro callos en los dedos»- y acabó con las monjas, que lo mandaron al dentista a que le arrancara los dientes porque la emprendía a mordiscos con las uniformadas, que al día siguiente de hacer la primera comunión lo mandaron al servicio militar: «Muy mal hecho, porque allí también me arrearon de lo lindo, hasta que me devolvieron con las monjitas». En Entrelobos Marcos se interpreta a sí mismo y su vuelta a Sierra Morena sirvió para comprobar que sus cualidades siguen intactas: «Gerardo Olivares me dijo: “Pega un aullido a ver si te contesta algún bicho”. Y yo le dije que allí ya no había nada. Insistió. En esto que me arranco y pego un par de aullidos y me veo venir cinco o seis lobos. Yo me dije: “¡Adiós, Macareno, y esto de dónde ha salido!”. Y aunque tuve algún problema con el macho, porque se celaba, al poco tiempo ya estábamos jugando». Con Sancho Gracia hizo buenas migas y la relación con Juanjo Ballesta y Manuel Camacho, que lo interpretan de joven y de niño, es excelente.

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Cuando se estrenó la película en Córdoba Marcos se definió como «el primer lobo vestido con traje» y a Ourense ya ha bajado en varias ocasiones a verla. Y a hacer pillerías: «Pego un aullido y la gente se asusta: ¡joé, si está el lobo en medio de la sala!».

Fuente:www.lavozdegalicia.es/sociedad/2010/12/18/00031292701734775138839.htm