De entre todos los empleos modernos, pocos han sido tan sometidos a crítica como el del dependiente de una tienda de ropa, especialmente si esta es una cadena destinada al público juvenil. En muchos casos, estos empleos encajan en la definición canónica de trabajo basura. Están pagados de manera insuficiente, los horarios son altamente cambiantes, las posibilidades de un despido o no renovación muy altas, el capital simbólico muy bajo y la formación, escasa o directamente nula.

Sin embargo, muchos jóvenes trabajan en dichas tiendas. Es fácil entender por qué: si se carece de formación o se necesitan ingresos para pagar los estudios o la independencia, es un mercado socorrido. La literatura sociológica, no obstante, ha ofrecido una explicación alternativa, según la cual muchos jóvenes aspirarían a trabajar en dichos establecimientos porque, como consumidores, les gusta dicha marca o esperan aprovecharse de los descuentos de los que generalmente gozan los dependientes de las tiendas de ropa.

No es exactamente así, asegura una reveladora investigación, publicada en las páginas de ‘Work and Occupations’ con el nombre ‘All Fun and Cool Clothes? Youth Workers’ Consumer Identity in Clothing Retail’, por los profesores de la Universidad de Massachusetts-Amherst Joya Misra y Kyla Walters. Al contrario de lo que sugiere dicha visión, la mayor parte de trabajadores reconoce que su trabajo es malo y que las ventajas no compensan, aunque ayudan a sobrellevar su empleo.

A pesar del reciente freno en la contratación de las tiendas de ropa, no cabe duda de que se trata de un sector en relativo auge, que empieza a conquistar los centros de las ciudades y ha proliferado en los centros comerciales de las ciudades dormitorio. Gran parte de su mano de obra proviene de jóvenes desempleados o en busca de su primer trabajo, que cobran un sueldo mínimo y que deben disfrutar de una absoluta disponibilidad -es decir, ni hijos ni cargas familiares- para que la empresa pueda recurrir a ellos cuando los necesite. Al fin y al cabo, las tiendas, tras la liberalización de horarios, abren los siete días de la semana unas 12 horas al día, y hay que estar siempre listos.

Como señala la investigación, la mayor parte de seleccionadores de personal “no se centran en la experiencia para elegir, ya que asumen que los trabajadores pueden ser fácilmente entrenados para realizar el trabajo”. En muchos casos, la identificación con la marca y la empresa es vital a la hora de contratar o no a alguien, y pertenecer a la clase media, un valor positivo, ya que “los empleadores eligen a sus trabajadores basándose en su apariencia, forma de hablar y autopresentación”, que se espera que encaje con la estética de la marca. Ya no se trata de una relación exclusivamente jefe-trabajador, sino jefe-trabajador-cliente.

Los investigadores preguntaron a 55 trabajadores de cadenas como Abercrombie & Fitch o Urban Outfiters de entre 16 y 24 años acerca de su experiencia, su manera de pensar y sus preocupaciones. La mayoría de ellos admiten que llegaron al sector porque no encontraban otra cosa y esperan poder cambiar pronto de trabajo (como señala Anisa, “espero que en mi próximo empleo pueda hacer algo más significativo”). Pero ¿cómo es su trabajo exactamente?

Los trucos para pagar menos

(EFE/Miguel Gutiérrez)© Proporcionado por El Confidencial (EFE/Miguel Gutiérrez)En lo que concierne a la formación, los trabajadores entrevistados para el estudio aseguran que nadie les dijo qué debían hacer. Más bien, aprendieron a marchas forzadas durante las horas puntas. Como asegura un tal Steve, “muchas veces sientes que te han arrojado a los lobos, poniéndote un sábado o en momentos con mucho lío”. A ello hay que añadir que sus turnos varían sensiblemente y con poca antelación, algo que no se ve reflejado en su sueldo.

“No es un trabajo que pueda hacer alguien que necesite pagar las facturas o lo que sea”, asegura Lillian, señalando que al ser contratada por horas nunca sabe exactamente cuánto dinero va a terminar obteniendo a final del mes. Algo que les lleva a compatibilizar este empleo con otros, incluso a pesar de lo difícil que es mantener dos trabajos que no tienen horarios fijos. Las subidas son también muy limitadas, incluso para los veteranos: “Cada seis meses o cada año consigues un aumento de unos dos centavos”, explica uno de ellos.

Hay pequeñas estrategias que las cadenas llevan a cabo para evitar tener que pagar más a sus trabajadores. A veces, no renovándolos y contratándolos después para no tener que pagarles un aumento. Como señala Pauline, “de esa manera nunca estamos técnicamente en el sistema cuando realizan las subidas”. Ninguno de los empleados animaría a sus amigos a seguir sus pasos: “Nunca le diría a nadie que trabajase aquí. Jamás. Si no quieren perder la cabeza”. Por lo general, la sensación común es que su trabajo no está valorado ni económicamente ni por sus superiores.

¡Sorpresa! Mañana trabajas

(EFE/Miguel Gutiérrez)© Proporcionado por El Confidencial (EFE/Miguel Gutiérrez)Lo reconoce uno de los seleccionadores de personal entrevistados para la investigación: “La disponibilidad es la razón principal por la que tendríamos que echar a alguien”. Así pues, si quieres trabajar en una tienda, más te vale no tener nada que hacer. Es lo que explica Lance, cuando reconoce que aunque tiene que aceptar el trabajo para pagarse la universidad, lo peor son “la inconsistencia de horarios, en plan una semana tengo mucho trabajo y la siguiente nada”.

Es una preocupación semejante a la que han planteado los contratados por cero horas: el hecho de no saber ni cuándo ni cuánto vas a trabajar es muy molesto. De ahí que muchos jefes utilicen el reparto favorecedor de horarios para compensar por los bajos sueldos, a veces dándoles más horas extra a los veteranos que a los recién llegados o a aquellos a los que se quiere amonestar por su comportamiento.

Esto también puede utilizarse como una herramienta para empujar a los peores empleados a que se marchen, como explica una jefa llamada Gwen: “Alguna gente a la que se ha mantenido fuera de la rotación desde hace semanas llaman y dicen ‘necesito trabajar, quiero alguna hora esta semana’, y siempre decimos ‘lo siento, tu disponibilidad no encaja con lo que necesitamos’… entonces no les queda otra que buscarse otro trabajo”.

Muchos empleados viven en la trampa del sábado. Esto quiere decir que, debido a que los nuevos horarios se reparten cada fin de semana, es posible que alguien que trabaje un sábado descubra ese mismo día que debe acudir a su puesto el día siguiente. Pauline se pregunta: “¿Cómo se supone que debo saber que trabajo el domingo si no me lo dicen hasta el sábado?”. Lori añade que “si has hecho planes para la semana siguiente, ya los puedes ir cancelando”. Hay, obviamente, una razón económicamente pragmática para esta aparente improvisación: ajustar los costes laborales con la cantidad de clientes que se espera que la tienda tenga.

El mejor cliente, nuestros trabajadores

(EFE/Emilio Naranjo)© Proporcionado por El Confidencial (EFE/Emilio Naranjo)Este es quizás el punto más revelador de toda la investigación. Debido a que el personal contratado lo es, en la mayor parte de casos, por comprar habitualmente en la tienda, ¿por qué no aprovechar para venderles dichos productos sin que se note? Lo que está claro, advierten los autores, es que aunque los futuros empleados no estén buscando un trabajo que mole, sus jefes sí quieren trabajadores que lo hagan. Por ejemplo, Sabrina explica que fue contratada porque su serie favorita era la misma que la de sus superiores: “Las otras siempre intentaban sacar a colación su experiencia en ventas y tal. Pero yo simplemente dije ‘a mí me gusta ‘House’… Y resulta que los dos mánagers estaban obsesionados con la serie”.

Los aspirantes ganan puntos a su favor si han sido clientes. Una de ella afirmó en la entrevista que una de las razones por las que quería trabajar allí era porque su madre la llevaba a comprar. Algo reconocido por los propios jefes, que suelen interrogar a los candidatos sobre si han comprado a menudo en el establecimiento. En algunos casos, especialmente en aquellos en los que el perfil del cliente es más joven y está relacionado con un estilo de vida determinado, su apariencia es un factor decisivo. A Anise, por ejemplo, un representante de la marca le dijo “tienes muy buena pinta; estamos contratando gente”. Algo que también ocurrió con Gwen, a la que su futura jefa le dijo “eres alta y guapa. ¿Quieres trabajar aquí?”

Aunque una de las ventajas de tener estos trabajos son los descuentos o el acceso de productos muy rebajados, en realidad, apenas resulta significativa. Mientras algunos reconocen que se benefician de ello (“a menudo tengo preferencia para comprar productos de saldo, consigo cosas que los clientes no ven”) otros le restan importancia, como ocurre con Tia: “Los descuentos están bien porque siempre es mejor que nada, pero aun así es un poco cutre”. Incluso puede ser que la empresa les anime a comprar lo que nadie quiere, como señala Carl: “Son las cosas que no se venden muy bien, y que nos animan a comprar, en lugar de los productos más populares”. Debido a que han de ir ataviados con la ropa que los establecimientos venden, es común que se les empuje a comprarla (“te queda muy bien esta camiseta, deberías comprarla”, explica Gabe que le dijo un jefe) o a gastar su sueldo en su uniforme (como dice Lillian, “apenas ganas dinero y tienes que destinar la mayor parte de tu sueldo a las ropas que necesitas comprar”).

Hasta cierto punto, desempeñan una labor estética que resulta ambivalente para estos trabajadores: “La atención a la apariencia puede hacer que los trabajadores se sientan bien al ser considerados atractivos, pero también conjura sentimientos más duros al ser sometidos a constantes juicios sobre su aspecto por parte de los jefes y los clientes”.

El jefe tiene siempre la razón

(EFE/Ballesteros)© Proporcionado por El Confidencial (EFE/Ballesteros)Por último lugar, la investigación aborda la relación entre trabajadores y sus clientes. Al fin y al cabo, es habitual que estos últimos terminen transformándose en los primeros, por lo que es muy habitual que se identifiquen mutuamente. “Me imagino que yo estoy en su lugar”, explica Kathleen. “Me gustaría ver a alguien feliz, que quiera estar ahí, ayudarme, y no simplemente ganar dinero”.

De ahí que muchas veces hagan caso omiso de sus jefes, que les animan a vender cuantos más productos mejor. Hannah, una trabajadora de Aeropostale, una tienda de ropa juvenil, explica que la orden es “sugerir cosas que les puedan gustar para que compren más”. En otros casos, son muy sinceros respecto a lo que le queda bien o no a los clientes, como explica Melissa: “La razón por la que te compras esa prenda es porque quieres que te digan que te queda bien, porque te quieres sentir bien. Pero si lo compras y te das cuenta luego de que no es la mejor decisión, supongo que no volverías”.

Gracias a esa identificación, los dependientes intentan que los compradores adquieran la mejor ropa posible por el menor precio. “Me siento bien ayudando a la gente a encontrar lo que quiere o dándoles una buena oferta”, explica Brendan. Angela, por su parte, señala que no tiene problema en decir a los clientes que miren primero en las cubetas de los saldos porque pueden encontrar algo que les guste. Una situación bien definida por la frase “que los clientes salgan felices es el objetivo, para mí al menos”, en cuanto que sugiere que el de los jefes es maximizar las ventas y alcanzar el objetivo diario.

Algo que le resulta indiferente a Carmen, que cuenta una historia sobre un chubasquero de 150 dólares que, a juzgar por sus palabras, debía ser horrible: “Cuando el cliente llegó para comprarlo, tenía bastantes dudas, en plan ‘no sé, ya tengo uno exactamente igual’. Así que le dije, ‘entonces, mejor no lo compres’. Básicamente le dije que lo dejase y lo hizo”. Es la mejor muestra de que la estrategia de convertir a tus clientes en vendedores puede hacer que te salga el tiro por la culata: en lugar de tener fans de todos tus productos, tienes a empleados que se ponen fácilmente en la piel de los demás y a los que no les gustaría que les vendiesen algo que no quieren. Una situación que tiene algo de kármiko.

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