Luis María Delupi: El médico que ya no receta pastillas CONOCE SU HISTORIA AQUÍ:

Luis María Delupi. Vive en una casa de fardo y barro. Propone dejar los alimentos perjudiciales y las relaciones tóxicas para ser feliz.

Hace un año y medio vendió un viejo Fiat Uno y con ese dinero sobrevive hasta desintoxicarse.

Ayudó a miles de abuelos con charlas y asegura que con alimentos sanos la gente se va a enfermar menos y será más feliz.

Adriano Calalesina
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Centenario
Luis María Delupi fumaba 20 cigarrillos por día y tenía el mundo patas arriba. Empezaba el lunes sin ganas y su corazón latía con fuerza, esperando el viernes de pizzas y cervezas con amigos, aunque en el fondo sentía que su vida era un barco navegando a ninguna parte.
Es médico y atendía 30 pacientes por día, a los que no hacía otra cosa que recetarles pastillas como una mágica solución a todos los problemas. Allí vio cómo los finales siempre son tristes y que la muerte se lleva a todos, desde el que está en silla de ruedas hasta el que se baja en una 4×4.
Hace un año y medio hizo un rotundo cambio de vida: largó todo, vendió un viejo Fiat Uno modelo 96 y con ese dinero construyó con sus propias manos una casa de fardos y barro. Ahora vive alejado del ruido y las relaciones tóxicas que genera la ciudad.
Hoy, este hombre es reconocido, pero no logró su fama por el hallazgo de algún avance científico sino por rescatar la génesis de la medicina tradicional. Tiene una red de personas que se nutren de alimentos saludables y ofrece charlas por las que ya han pasado miles de personas.
“Hipócrates, que era el padre de la medicina, dijo ‘que el alimento sea tu salud y tu salud tu alimento’. Si no nos alimentamos bien, ¿por qué una pastilla va a curarnos? He visto los peores finales de la gente”, describe.
Tiene 47 años pero, a pesar de que en la actualidad goza de buena salud, en su cuerpo quedan los vestigios de una vida castigada por los excesos, no sólo alimentarios sino de relaciones y estrés. Fue una día en 2004, cuando se dio cuenta que respiraba pero que no estaba vivo.
Fue consciente de que se enfermó antes de tiempo. Que salía de una guardia y se metía en otra. Que dormía tres horas y atendía pacientes sin descansar, sólo para pagar las tarjetas de crédito y los lujos de una casa construida mediante un crédito hipotecario.
El hombre es cauteloso y, a pesar de que sabe que hay miles de personas en esta situación, asegura que nadie obliga a nadie a cambiar, que es una decisión personal pedir ayuda y dar el primer paso, no sólo para estar bien con el cuerpo, sino con todo lo que nos rodea.
“Cada cual toma el mensaje como quiere. Creo que muchas veces somos hipócritas con nosotros mismos, nos engañamos y creemos que lo resolvemos juntándonos con los amigos el fin de semana para  comer un asado y así olvidarnos lo mal que estamos”, expresa.
El cambio vino luego de una separación. Luis pensó en que se podía vivir de otro modo y acudió al salvataje de las terapias alternativas, como la acupuntura, la medicina china, el yoga y todo ese combo que sólo ayuda a quienes se lo toman en serio.
La “locura” de Luis en un principio tampoco tuvo buenos frutos, aunque sí risueñas experiencias. Luego de dejar de atender pacientes, probó con poner un local de comida china con un amigo, llamado El Wok. Estaba en Neuquén y tenía una sucursal en Cipolletti. Pero seguía atrapado en ese mismo sistema. Fue así que tuvo que dejar algunos lujos, pero de alguna manera, al principio siguió conectado con la medicina.
Era médico auditor de una empresa, ya no atendía pacientes, hasta que hace un año y medio decidió abandonar por completo el trabajo para dedicarse a difundir la alimentación saludable.
La vida de Luis ya nada tiene que ver con el estrés de las guardias y dice haber encontrado su misión en la vida. No le preocupan ni el dinero ni las cuentas. Cultiva sus propios alimentos y puede pasar de comer pasas de uvas a brotes de soja, con las proteínas necesarias para el cuerpo.
Tiene gratos recuerdos de la medicina, pero prefiere dejarlos guardados en un baúl. Sigue conservando algunos de sus amigos y prefiere no confrontar con las ciencias duras.
Su casa, en la calle 0 cerca del río Neuquén, es un sueño lleno de silencios y el lujo de sentirse vivo de verdad. Ya no hay más dinero, ni cuotas ni relaciones tóxicas. Sólo un volver a nacer desde una mirada más saludable.

Fuentes: http://www.lmneuquen.com.ar/

 

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