Salvador Dalí: 20 historias que quizá aún no conozcas

Salvador Dalí: 20 historias que quizá aún no conozcas

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El primer artista español (y puede que del mundo) que convirtió su vida en parte de su obra, incluso a veces en el centro de la misma, Salvador Dalí (1904-1989) cumple este año 25 años de su muerte.

El último libro hasta el momento que viene a conmemorar la fecha, Sobre Dalí (Planeta) de Antonio Pitxot y Fernando Huici, ofrece nuevas historias sobre el excéntrico y espectacular genio. Él mismo se calificó de tal modo en su libro Memorias de un genio. Tiene el especial interés de que Pixot fue uno de los más íntimos amigos de Salvador.
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Otra de las publicaciones recientes sobre el pintor de El gran masturbador es Dalí corpore bis sepulto (Historia real de un secuestro de novela), de M. R. Tornadijo, que ficciona un hecho real: el plan de un grupo para secuestrar el cuerpo del pintor y enterrarlo junto a Gala, aunque como deja claro Huici era Salvador quien quería que su cuerpo no estuviera junto al de Gala. Es Huici junto a Pitxot quienes dan una visión muy íntima del artista en Sobre Dalí. No en vano Antonio Pitxot era el amigo íntimo de Dalí que estuvo a su lado hasta el final.

Veinte historias reales de un artista casi irreal

1. Dalí hizo que le dieran la extremaunción a Gala (que era ortodoxa). La noche que falleció Gala, en el 82, Dalí, ya en la cama le preguntó a su amigo Antonio Pixot si creía que Gala moriría aquella noche. Al asentir Pixot, Dalí puso en marcha todo para que se le diera la extremaunción, ya que ella era creyente aunque no católica (era ortodoxa). El genio, ante la imposibilidad de encontrar sacerdote ortodoxo, pidió al amigo que trajera a uno católico pero que no fuera de Cadaqués, ya que así no se enteraría su hermana.

El fisioterapeuta tenía que recitar a Rubén Darío mientras lo trataba Como Salvador no quería que se despertara Gala, hizo a Antonio colocarse delante de la cama: “Dalí se paseaba por la estancia vigilando y me hacía gestos para que me desplazara de un lado a otro, taponando los huecos. El cura se movía para intentar ver a la enferma. Y yo también; lo hacía para interponerme… En fin, que la extremaunición me la dieron a mí…”

2. Fobia a los saltamontes. Era tal el terror que le inspiraban los saltamontes (no era lo único, también tenía fobia, por ejemplo, a las langostas), que de niño le colocaban cajas con saltamontes en el pupitre para asistir a sus ataques de pánico. En una ocasión, Antonio Pixot hizo un par de pliegues en un folio, y Dalí le dijo, sin esconder su temor, que no se le ocurriera hacer una pajarita de papel. La razón: le recordaban a los saltamontes.

3. Dos personas podían ver cómo pintaba. Es un acto de soledad pintar, así que parece raro que alguien pudiera estar presente. Sin embargo Dalí permitía que estuvieran Gala y Antonio Pixot.

Reverenciaba a Gala de un modo que la familia no soportaba, llegó a pedirles que la aplaudieran”No sé de nadie más a quien Dalí aguantase” dice Pitxot en Sobre Dalí, “porque el acto de pintar es muy íntimo. Conmigo tenía una confianza total, confianza absoluta, en todo, en mi discreción, en todas las cosas…”.

4. Caperuzas rojas con velas sobre sus cisnes. La fascinación por los cisnes de Dalí era tal que les ponía a los que tenía en su casa (Port Lligat) una caperuza roja con una vela encima por las noches hasta que los animales metían la cabeza bajo el agua y la apagaban. “Tenía tal querencia por sus cisnes que los hacía disecar cuando morían” relata Pitxot.

5. Intentos de incapacitación mental. Fueron algunas las ocasiones que al hospitalizado Dalí (por quemaduras) se intentó incapacitar, y fue el propio mundo judicial el que paró aquellos intentos. “Porque Dalí tenía la cabeza lúcida, la tuvo lúcida hasta el final, lo que le pasaba era que estaba deprimido”, señala Huici. Tan lúcida como para decir, cuando los médicos le decían que estaba bien: “Me voy a morir totalmente curado”.

6. Ingresado en un hospital de partos. Difícil saber por qué Dali fue ingresado en un hospital especializado en partos (clínica del Pilar de Zaragoza) cuando se quemó en 1984 debido a un incendio en su dormitorio. “No sabemos la razón por la que fue a aquel hospital” dice Huici, “pudo ser algo tan simple como que al ser una situación de urgencia fuera ése el lugar que primero se les ocurrió”.

Lo que tampoco fue una extravagancia sino la creencia del genio de que sería la última vez que vería la que para él era su gran obra, el Museo Dalí, fue aceptar que lo ingresaran en el hospital si antes lo llevaban a ver su gran instalación. Y así lo hicieron, aunque era de noche y tuvieron que llevarlo en camilla. Cuando salió del hospital se instaló en Torre Galatea donde se quedó hasta el final de sus días (23 de enero de 1989).

7. La única visita que no le molestaba: el Rey. Su fascinación por la monarquía era grande y además era correspondida: “El Rey estuvo siempre pendiente de él, y cuando venía era un momento solemne, y Dalí hacía un verdadero esfuerzo para estar de buen tono y darle buenas réplicas” se cuenta en Sobre Dalí. “Eran las únicas veces (cuando iba el Rey) en que no manifestaba disgusto ni malestar por las visitas

8. Testigo de su deterioro. Famosa es su faceta de ‘voyeur’, incluso o sobre todo en el sexo, lo que acaso sea menos conocido es que llegaba hasta tal punto su obsesión contemplativa que fue capaz de ser su máximo testigo durante su proceso de deterioro.

Antes de ingresarlo hizo que lo llevaran a ver su Museo9. Fisioterapia si recitaban a Rubén Darío. Es ésta una de las pruebas de hasta qué punto llegaba la teatralización a su vida íntima: el fisioterapeuta recitaba La Marcha Triunfal de Rubén Darío mientras lo trataba. Probablemente la única manera de que se dejara manipular los huesos, los músculos, las cervicales… fuera ésa.

10. Un creador metódico. Es como lo define Pitxot: “Tenía unas secuencias en el proceso de un cuadro que seguía rigurosamente”. Desde que amanecía estaba en su taller experimentando. “Cuando hizo La Santa Cena se levantaba a las cinco o seis de la mañana y hacía que le instalaran en Port Lligat, en el patio, una mesa con un mantel blanco y un vaso de vino. Esperaba pacientemente a que saliera el sol, y cuando amanecía, se estaba allí el rato que conviniera, haciendo bocetos, pintando, imitando el efecto del sol que atraviesa el vino y los reflejos que están en el mantel blanco en forma de colores complementarios”.

Asegura Pixot que era un hombre “perfectamente programado. En los cuadros grandes se pasaba primero seis meses dándole vueltas a su concepción”.

11. “Quita eso que es la vida”. Era lo que Dalí decía en su etapa final cuando entraba luz por la ventana. “Ya no la quiero ver, me recuerda demasiado a la vida”. Oscuridad hasta tal punto que cogía un cuaderno y emborronaba con negro páginas que luego arrugaba y arrojaba al suelo.

12. Un hotel antes que una casa. Si no era su casa, la de Port Lligat, Dalí no se alojaba, aunque se tratara de largas temporadas, en otro lugar que no fueran hoteles. Sus largas estancias en París y EE UU las pasó siempre en hoteles, eso sí: siempre iba a los mismos.

Visto hoy parece raro, pero para su generación vivir en hoteles era un lujo extravagante, una marca de cosmopolitismo, y en esto Dali era el emperador. También influía el hecho de que a Gala todo lo que fueran tareas cotidianas le horrorizaban y eso en un hotel estaba resuelto.

13. Fobia a los niños. “Bastante niño era él ya. Un niño era competencia” dice con ironía Huici, que confirma el ‘horror’ que le inspiraban los críos.”Dalí tenía verdadero terror a los niños, le daban verdadero miedo. Eran seres que le perturbaban” cuenta Pitxot.

14. El sexo: ¿una cruz? “Eso es el sexo: una carga que te dan al nacer” decía Salvador. Prefería por ello una postura contemplativa. Para él, el deso no tenía fondo, por lo que acababa convirtiéndose en una carga. Al mirar no se acaba nunca, y eso es lo que hizo: contemplar.

15. “Quienes crucificaron a Jesucristo hablaban catalán”. Siendo como era totalmente catalán y orgulloso de serlo, o tal vez por eso mismo, era muy capaz de reírse de lo propio. Uno de los mejores ejemplos lo da la respuesta que le dio a Eugenio Montes, un intelectual muy católico: “Lo tengo claro: quienes crucificaron a Cristo fueron de aquí, de Tarragona o de Salou o de Torredembarra… ¿Te imaginas? ¡Qué arameo ni qué narices! Lo que hablaban era catalán”.

16. El hermano sí existió. Por si alguna duda queda al respecto: el hermano mayor de Dalí, que murió antes de que naciera el pintor y al que pusieron el mismo nombre, sí existió. Hay partida de nacimiento que lo prueba. Tratándose de Dalí, que sacó mucho jugo, sobre todo teatral, a la historia, bien podría haber sido un invento. Pero no lo fue.

18. Jazmines en la cabeza para ir al entierro del padre. La ruptura definitiva con su familia data del 49, y Gala fue elemento esencial.

“Dalí la reverenciaba de un modo que la familia no soportaba” cuenta Fernando Huici. Incluso llegó el creador a pedir a su familia que aplaudieran a su musa cuando entrara (el padre se negó).

Cuando el progenitor de Dalí murió, Salvador, que no había retomado relación alguna con su familia, acudió al entierro pero eso sí: dejando clara su postura: llevaba en la cabeza jazmines.

19. Huida a la tumba de Gala. Una noche del 83 Dalí, escapando de las enfermeras que lo atendían, bajó a la cripta donde estaba enterrada Gala. Junto a la cripta estaba la tumba vacía donde iban a enterrarlo a él. Ante aquella visión le entró tal pánico que cambió radicalmente de opinión en cuanto al lugar en el que descansaría su cadáver.

Esto explica que finalmente su voluntad fuera que le dieran sepultura bajo su museo. Mucha gente de la que pasea por él no se da cuenta de que están pasando sobre su tumba. “Algo que a él le habría fascinado. De hecho le fascinaban las colas que se organizaban en el museo. Siempre preguntaba: ¿cuántos han venido hoy?”

20. Siempre el mismo rito antes de la noche. Una vez metido en la cama, pedía Dalí algún tango y lo último tenía que ser el comienzo de Tristán e Isolda de Wagner. “Dalí me pedía: no te vayas hasta que llegue Tristán. Hay un momento teatral más apoteósico en el que Tristán baja del cielo y suenan las trompetas” relata Antonio. “Pues hasta ese momento no me podía ir”.

Fuentes:
http://www.20minutos.es/

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