LOS MECANISMOS MENTALES DEL RECHAZO

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Por qué tratamos tan mal a los demás (y no nos da ningún remordimiento)
El odio al otro es una de las principales causas que justifican la violencia física o psicológica.
El maltrato psicológico hacia los demás tiene múltiples formas y caras, desde los nuevos fenómenos espoleados por la popularización de la tecnología digital como el sexting o el ciberbullying, hasta las clásicas actitudes xenófobas, homófobas o machistas. Una amalgama de expresiones que asientan sus raíces en una misma causa común: la despersonalización del otro. Es decir, la incapacidad para empatizar con los demás y para juzgarlos desde una perspectiva humanizadora.

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Alex Lickerman, investigador del departamento de Salud Mental en la Universidad de Chicago, utiliza el concepto de la ‘abstracción del otro’ (originalmente acuñado por Gabriel Marcelen) en su último ensayo The Undefeated Mind, para referirse a los mecanismos mentales que nos llevan a odiar a otra persona o colectividad. Se trata de un reduccionismo mental, apunta el investigador, mediante el que eliminamos la verdadera identidad de los demás para juzgarlos solamente por el papel que representan en la sociedad o en base a una idea abstracta. Su valor como individuos queda anulado en favor de los estereotipos dominantes en una determinada comunidad.

Los efectos más radicales de estas actitudes construidas culturalmente son, según la tesis defendida por Lickerman, los asesinatos y, por extensión, las guerras. Una causa efecto que el Nobel de literatura Hermann Hesse ya reflejó en las páginas de Demian: “El hombre a quien quiere matar nunca es fulano o mengano; seguramente es sólo un disfraz”. La estigmatización del otro se debe pues a una imagen mental dibujada por las diferencias, y no por las cualidades o valores de un determinado sujeto.

Odiamos sin ningún tipo de remordimiento

Entre los menores es habitual observar comportamientos grupales muy crueles hacia los demás niños de su edad. Estos pueden estar movidos por “disfraces” (como los llama Hesse) de todo tipo: peso corporal, cualidades deportivas, disfunciones físicas… Generalmente incuestionables y sin generar remordimientos, estas actitudes se manifiestan en la edad infantil desde la creencia de que el diferente pone en peligro los intereses del grupo, o bien no es digno para representarlos, por lo que se le hace bullying para marcarle las líneas que no debe pasar.La pertenencia grupal nos permite sentirnos más cómodos y seguros, pero a costa de promover el rechazo al otro

En la edad adulta no están socialmente aceptados estos comportamientos tan instintivos, pero adquieren formas más sofisticadas que, en el fondo, parten de la misma causa. Según explica Lickerman en su ensayo, “es extremadamente fácil experimentar odio hacia los demás e, incluso, justificarlo”. En el ensayo The Spirit of Abstraction as a Factor Making for War, Marcelen deconstruye algunos mitos, como por ejemplo el de los ‘japs’ (japos) para explicar las razones que llevaron a un elevado porcentaje de la población norteamericana a justificar una intervención bélica. Asimismo, se tratan otros conceptos como el de los ‘esclavos afroamericanos’, el cual convirtió en incuestionable la posibilidad de ser propietario de ciertas personas, o el de los ‘judíos’.

Las consecuencias de la ‘abstracción de la identidad’ en los adultos tienen un cariz destructivo que no ha dejado de sorprender a lo largo de la historia. El holocausto nazi, la esclavitud o el ataque con bombas atómicas contra los ‘japs’, como se les denominaba hasta en los medios de comunicación norteamericanos por aquella época, son una triste muestra de ello. Las etiquetas con las que se clasifican los demás tienen cada vez más importancia. Estas no siempre tienen por qué tener una connotación negativa, pero sí tienen como resultado el peligro del reduccionismo, la deshumanización y la falta de empatía.

Por ejemplo, construimos una imagen mental del “cartero” o del “bombero” por la función social asociada a sus profesiones, sin pararnos a mirar más allá. De este modo se potencia la diferenciación social y se genera inconscientemente la creencia de pertenecer a un grupo social superior o inferior. Bien es cierto que la pertenencia grupal nos permite sentirnos más cómodos y seguros, pero a costa de promover la despersonalización de cualquier individuo que no comparta orígenes y características similares.

Cómo dejar de atacar a los demás

Para Lickerman es posible, y necesario, caer en este tipo de clasificaciones humanas que nos llevan a ser crueles con los demás de manera natural. Para ello, el investigador propone tres estrategias fundamentales que nos permitirán superar el reduccionismo y, por tanto, evitar así las consecuencias de esta peligrosa espiral destructiva.

Concienciarse de que todo el mundo tiene alguna razón para hacer lo que hace. Seguramente esos motivos no sean compartidos, ni siquiera tengan una clara justificación, pero el simple hecho de intentar entender que sus opiniones o acciones no responden a un impulso irracional ya es un paso clave para empatizar con ellos.
Realizar un examen de conciencia para identificar cuántas y cuáles son las personas con las que nos cruzamos o tratamos diariamente como si fuesen iguales. Seguro que nos sorprendería la cifra por la poca cantidad que nos sale, por lo que es necesario pensar en ellas como personas que, al igual que nosotros, tienen sus propios problemas, esperanzas o ambiciones.
Indagar sobre lo que la gente esconde detrás de la etiqueta que se le haya puesto. Sistemáticamente rehuimos de la dimensión humana de las personas en favor de una clasificación social previa, lo que potencia el rechazo y anula la posibilidad de acercamiento a ellas.

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Fuentes:
elconfidencial

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