10 claves para pensar en positivo

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Os recomiendo esta interesante nota sobre el poder del pensamiento en positivo. Es un tema muy interesante pues muchas veces nos negamos a creer que la forma en que nos “plantamos” ante lo que nos sucede, nuestro esquema mental con el que “leemos” lo que nos pasa, influencia fuertemente los resultados que obtenemos, incluyendo nuestra salud.

La nota en cuestión hace mención a las investigaciones del psicólogo norteamericano Martín Seligman. Sin embargo yo considero que el antecedente más importante es el trabajo del Dr. Viktor Frankl sobre la actitud pro-activa.

El Dr. Frankl desarrolló su trabajo en base a su experiencia como prisionero durante tres años en Auschwitz, Dachau y otros campos de concentración, donde, francamente, “la vida no le sonreía”…

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La nota incluye un apartado con 10 claves que pueden ayudarnos reformular nuestra forma de sentir, pensar y actuar. Copio aquí las claves y voy a resitir la tentación de comentar cada una de ellas pues sinceramente son tan buenas que iré publicando post sobre algunas. Luego al final tiene el enlace a la nota completa en el diario.

10 claves para pensar en positivo

Evitar las ideas del tipo “todo o nada”. La realidad no es “blanco y negro” o “buena o mala”. Si pensamos en esos términos, somos rígidos y no damos lugar a matices o puntos de vista.
No generalizar demasiado. Alguien mintió o no acudió a la cita, pero eso no significa que ocurra en todos los casos. Conclusiones que comiencen con “siempre” o “nunca” suelen conducir a exageraciones de las muchas veces luego, más tranquilas/os nos arrepentimos.
No focalizar en el peor detalle. Las situaciones tienen distintos puntos de vista. Si elegimos centrarnos en lo peor, todo se verá mal. Por ejemplo, dar más importancia a críticas que a elogios.
No minimizar lo bueno. Siempre hay algo positivo para destacar. Si lo pasamos por alto o lo desvalorizamos, perdemos la oportunidad de apreciar sus ventajas.
Por menos o por más. Nos equivocamos tanto cuando exageramos la importancia de un problema como cuando minimizamos nuestras capacidades para afrontarlo.
Evitar las predicciones. Ante indicios confusos o que nos despiertan ansiedad, anticipamos la peor conclusión. Pensar que algo saldrá mal incide en su resultado.
Decir “no” a las suposiciones. En nuestra comunicación cotidiana es frecuente que creamos que otro (amigo, pareja, compañero) piensa o siente de un modo. ¿Cómo sabemos que es así? Preguntar es mejor que suponer.
Huir de la victimización. Frases o sentimientos como “¿por qué me toca siempre a mí?” o “siempre tengo mala suerte” o “¿por qué a los otros sí y a mí no?” nos alejan de la responsabilidad sobre nuestros actos.
No poner ni ponernos etiquetas. Al equivocarnos, no toda nuestra persona merece ser descalificada; y algo similar ocurre cuando otros cometen errores. No es lo mismo decir “esto lo hice” que “soy un tonto”. Pero atención: tampoco responsabilizar a los demás por errores propios.
Poner límites a la propia responsabilidad. Si nos creemos responsables de cada problema (una separación, un hijo que desaprueba, etc.) sólo sentiremos culpa. Esta idea, sin embargo, oculta otra, más negativa aún: creer que todo está bajo nuestro control.

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Fuentes:
http://www.mujeresdeempresa.com/

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