ADICCIÓN A LAS COMIDAS

ADICCIÓN A LAS COMIDAS

¿Existen personas que vacían un frigorífico de una sentada?

Abres la nevera y te encuentras con una tentadora tarta de chocolate. Te dices a ti mismo que sólo comerás un trozo. Pero al acabar, no puedes resistir la tentación y te comes otro… y otro. Y así hasta que la terminas. Para muchos, tras esto se esconde un número de problemas de autocontrol. Sin embargo, las actitudes aditivas hacia la comida son mucho más complejas que eso.


Sentir predilección por una determinada comida o alimento no supone, en principio, ningún problema. Lo malo viene cuando su consumo pasa de ser algo ocasional a convertirse en un impulso incontrolable. Esa dependencia y falta de dominio no sólo provoca un malestar psicológico en quien los sufre, sino que implica un completo desequilibrio en su dieta. Y con él acostumbra a venir un aumento de peso y, a la larga, la aparición de diversos problemas de salud. Normalmente se achaca este tipo de comportamiento a una falta de voluntad, pero aunque sí que puede ser cierto en determinadas ocasiones, no es el único elemento ni la única causa que hay que considerar. Para empezar, hay que tener en cuenta que ciertas personalidades son más proclives a sufrir una adicción que otras y que vivimos en un entorno repleto de estímulos publicitarios que nos incitan a comer y en el que tenemos muy fácil acceso a grandes cantidades de comida.
Muy a menudo en el hecho de comer buscamos, además, calmar una carencia afectiva, un estado de ansiedad, unos nervios desatados… En esos casos, resolver el problema dietético implica necesariamente que determinemos y solucionemos antes el problema emocional.

¿A veces comemos con el cerebro?

Junto a estas explicaciones, hay otra quizá aún más determinante y que ha sido puesta en relieve en varios estudios. Se trata de una serie de procesos químicos que, sin ser nosotros conscientes de ellos, tiene lugar en nuestro cerebro y que nos empujan a comer compulsivamente.
Según estas investigaciones, hay ciertos alimentos que tienen capacidad de excitar los centros cerebrales del placer y de estimular las hormonas cerebrales encargadas de regular los diversos estados de ánimo, sobre todo la serotonina. A esta se le conoce como la hormona del humor y está relacionada con el sueño saludable, la alegría y la sensación de bienestar. Otras hormonas que también se pueden ver afectadas son las endorfinas, la norepirefrina o la dopamina. Se creía que esta última sólo respondía a los estímulos del sexo, y las drogas psicoactivas, pero se ha visto que se altera también con las harinas refinadas, la carne y las grasas. El mero hecho de
mirar un alimento rico en grasas provoca ya su liberación.

¿Qué podemos decir del azúcar?

Ya en Grecia se creía que tenía un efecto igual o mayor que el opio. Al no requerir un largo proceso de digestión, el azúcar refinado hace que nuestros niveles de glucosa aumenten rápidamente, y una vez superados los niveles normales, se experimente como una leve euforia. La bajada a valores normales daría lugar a una sensación de tristeza, lo que ocurre es que la mayoría de las personas que consumen azúcar de forma habitual tienen sin saberlo y de forma constante unos niveles de glucosa por encima de lo normal.

Y ¿del queso?

Contiene altos niveles de caseína (proteína de la leche que da lugar a casomorfinas, compuestos similares a la morfina), tiramina y Triptófano (aminoácidos esenciales para la síntesis de la serotonina).

¿Nos podemos meter en un círculo vicioso?

Si las cosas quedara simplemente ahí, no habría motivo de preocupación. En momentos en los que nos sintiéramos tristes, ansiosos o deprimidos, nuestro cuerpo nos pediría que consumiéramos esos productos capaces de levantarnos el ánimo. El problema aparece, sin embargo, porque nuestro organismo se vuelve adicto a esas plancenteras sustancias que él mismo crea. De hecho, y aunque el efecto de drogas como la morfina o la heroína sea mayor, el proceso es similar, y los sistemas neuronales que intervienen, los mismos.
El complejo proceso que da pie a la dependencia comienza por los bruscos altibajos en los niveles de azúcar en la sangre. El consumo de azúcar o de hidratos de carbono refinados lleva a que aumente el nivel de glucosa. Una sobrecarga de ésta obliga al cuerpo a liberar una gran cantidad de insulina (la hormona encargada de controlarla) para compensar ese aumento. La insulina hace que el azúcar en la sangre disminuya tan rápido como aumentó, y con ello se experimenta de nuevo una gran ansiedad y apetito por este tipo de alimentos.
Al mismo tiempo, la secreción de insulina promueve la captura, por parte de los músculos, de ciertos aminoácidos como son los ramificados y facilita la entrada de Triptófano en el cerebro facilitando la producción y secreción de serotonina, lo que nos hace tener una sensación placentera. Ante esto el organismo pone en marcha un proceso de autorregulación y manda la orden de que se deje de producir estos neurotransmisores. Con lo cual nuestro organismo requiere ingerir de nuevo alimentos que nos proporcionen esas sustancias placenteras y desencadena así otra vez el proceso para llegar al punto anterior. Lo malo es que se desarrolla una tolerancia y cada vez se necesita consumir más hidratos de carbono o azúcares para alcanzar el mismo efecto.

¿Se puede controlar la ansiedad?

Saber por qué sufrimos una dependencia hacia ciertos alimentos no implica que, de forma inmediata, dejemos de estar enganchados a ellos. Es necesario que introduzcamos cambios en nuestro estilo de vida para deshacer los hábitos.
Como ocurre con cualquier otra adicción, para superarla hay que intentar argumentar el “mono”. Muchos expertos consideran que la abstención total de ese alimento es mejor que disminuir su consumo. Los hay, incluso, que aconsejan realizar una semana de ayuno para purificar nuestro organismo y nuestra mente. Una vez haya pasado un tiempo sin que comamos el alimento causante de la adicción, ésta desaparece.
He aquí algunos consejos para evitar caer en la tentación cuando te invada el deseo irrefrenable de comer:
No te saltes ninguna comida, incluido el desayuno. Si tienes hambre, ésta se puede transformar en ansiedad y acabar con un atracón.
Intenta evitar las subidas rápidas de azúcar en la sangre y las consiguientes caídas. Eso supone vigilar el consumo de productos refinados como pan y arroz blanco, azúcar, repostería, miel, refrescos, etc. En su lugar, sustitúyelos por hidratos de carbono integrales que te aportan fibra y te ayudan a sentirte saciada. Algunos estudios hablan incluso de que estos hidratos de carbono pueden suprimi la hormona del hambre.
Consume una cantidad suficiente de proteínas, ya que contribuyen a reducir la sensación de hambre.
Haz ejercicio y descansa lo suficiente.
Olvídate de las dietas demasiado restrictivas, ya que con ellas el cuerpo deja de sintetizar la leptina, una hormona controladora del apetito.
Cuando el deseo irrefrenable de comer alimentos al que estamos enganchados nos embargue, podemos intentar sustituirlo por otro más sano, hace deporte o, en definitiva, cualquier otra actividad que nos distraiga la mente. Después de unos 15 minutos, el antojo habrá pasado.

¿Qué sucede con la comida rápida?

Según un estudio realizado por científicos de la Universidad Rockefeller de Nueva Cork, el alto contenido de grasas y azúcares de la comida rápida y procesada desencadenan en el cerebro reacciones químicas similares a las producidas por la heroína y la cocaína. Pero su negativo efecto no queda ahí, pues además dichas reacciones causan rápidas modificaciones en el sistema hormonal que alteran nuestra percepción de la saciedad y, por si fuera poco, se estimula el apetito.

Y ¿con los hidratos de carbono simples?

Los llamados hidratos de carbono simples (pan blanco, repostería, y todos los alimentos refinados, etc.). Provocan un incremento de los niveles de dopamina, encefalinas y endorfinas, unas sustancias similares al opio y sus derivados. Además como consecuencia de su ingesta se facilita la entrada de Triptófano en el cerebro y esto resulta fundamental para la producción de la serotonina.

¿A qué se le llama dulce menstruación?

En los días previos a la llegada de la menstruación es frecuente que la mujer note mayor deseo de comer alimentos ricos en hidratos de carbono sencillos, en especial, dulces y chocolate. La explicación a esta especial apetencia parece estar relacionada con variaciones en los niveles de las hormonas femeninas (estrógenos y progesterona) y de la serotonina. Al disminuir su presencia, nos sentimos más tristes, irritables y, sobre todo, experimentamos un deseo excesivo por este tipo de alimentos.
Otros expertos, sin embargo, relacionan estos síntomas con la falta de magnesio, un mineral que también abunda en el chocolate.
Como podemos observar, estamos ante casos similares a las adicciones a las drogas, los comportamientos mentales suelen ser los mismos, y como es lógico para salir de esos comportamientos ilógicos, se necesita terapia psicológica a la vez de lo que vengo exponiendo.

Fuentes:
http://www.icicma.com/

Autor:
Ildefonso Cobo Jiménez
Lincenciado y Doctorado en Medicina y Cirugía,
Además de ser Lincenciado en Psicología y
Doctorado en Filosofía hindú.

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